EL VIAJERO
A través de mi ventana, sin necesidad de salir y contaminarme con la chusma, he conocido el mundo. El ocio y el aburrimiento han sido mis boletos gratuitos de erudición universal.
Cada mañana, desde el alba hasta el ocaso, permito a mis ojos recorrer este universo alternativo. La brisa me conduce a tierras lejanas, donde el hombre es hombre en sí mismo y no en los demás, los pájaros me traen noticias de puntos lejanos, olvidados por el odio y habitados por el amor. En la lividez del cielo tengo un reencuentro con el océano y como un ebrio marinero bogo a barlovento para seguir en mi expedición matutina. Las nubes son las ruinas griegas, magulladas por los años, tan fuertes en una época y ahora tan débiles hasta para la más inofensiva brizna.
He visto pasar todos los días a un caminante errante, un espejismo desértico y verdugo de doble venablo. Pasa, pasa maldito y no me sigas culpando! . También he recibido el aroma del relente, los gritos y las lágrimas que el cielo llora por sus vivos, y la risa del mundo quejumbroso de los muertos.
¿Verdad que he viajado no sólo a través del espacio conocido, sino del universo oculto a los ojos columbrones del hombre moderno?. Se podría decir que soy un atlas escondido, conocedor de una geografía de lo bello.
Tan sólo hay un lugar al que no he podido penetrar desde mi desinfectado postigo. Es una isla escondida, la Citerea anhelada, las ruinas que son envidia de Troya, la muralla inexpugnable, la fría y lisa loza de una tumba de epitafio prohibido, el paraíso perdido deseoso de alguien que coma del fruto prohibido, el cuerpo tuyo, amor platónico.
Cada mañana, desde el alba hasta el ocaso, permito a mis ojos recorrer este universo alternativo. La brisa me conduce a tierras lejanas, donde el hombre es hombre en sí mismo y no en los demás, los pájaros me traen noticias de puntos lejanos, olvidados por el odio y habitados por el amor. En la lividez del cielo tengo un reencuentro con el océano y como un ebrio marinero bogo a barlovento para seguir en mi expedición matutina. Las nubes son las ruinas griegas, magulladas por los años, tan fuertes en una época y ahora tan débiles hasta para la más inofensiva brizna.
He visto pasar todos los días a un caminante errante, un espejismo desértico y verdugo de doble venablo. Pasa, pasa maldito y no me sigas culpando! . También he recibido el aroma del relente, los gritos y las lágrimas que el cielo llora por sus vivos, y la risa del mundo quejumbroso de los muertos.
¿Verdad que he viajado no sólo a través del espacio conocido, sino del universo oculto a los ojos columbrones del hombre moderno?. Se podría decir que soy un atlas escondido, conocedor de una geografía de lo bello.
Tan sólo hay un lugar al que no he podido penetrar desde mi desinfectado postigo. Es una isla escondida, la Citerea anhelada, las ruinas que son envidia de Troya, la muralla inexpugnable, la fría y lisa loza de una tumba de epitafio prohibido, el paraíso perdido deseoso de alguien que coma del fruto prohibido, el cuerpo tuyo, amor platónico.
Etiquetas: PROSA
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