EL VIEJO Y LOS JUGLARES
Tambaleándose en sus delgadas estacas,
Con sus extravagantes trajes de rombos,
Dando vueltas en puntillas como trompos
Y guiados por la ronca voz: traca traca,
Van en zancos los desgraciados fulanos
Hacia el triste país del perpetuo otoño
Donde los árboles lloran sus retoños
Y los esfuerzos por hacer reír son vanos.
Cerca, un viejo, inmóvil, junto a las piedras.
Nadie puede esculpir sus grises labios,
Ni alegrar el agrio ceño de este sabio
Que en cada arruga embolsa memorias negras.
Al verlo, este engancha su pierna izquierda,
Aquel se acuesta y se para como flecha,
Equis brinca sobre la pata derecha,
Zeta, al roncar el tambor, juega con la cuerda.
Todo inútil. Hace mucho está perdido.
Su mirada, fija en el firmamento.
Nada lo distrae, el mármol sigue atento,
Ni siquiera si inmuta con el ruido.
Los años han deslavado sus mejillas,
En la frente erosionaron las lisuras,
Se han cicatrizado las comisuras,
Los pómulos se cierran como sombrillas.
Tambaleándose en sus largas piernas flacas,
Se despiden de aquel austero monje,
Con sus ridiculos trajes de lisonjes
Y la metálica voz del traca traca.
Con sus extravagantes trajes de rombos,
Dando vueltas en puntillas como trompos
Y guiados por la ronca voz: traca traca,
Van en zancos los desgraciados fulanos
Hacia el triste país del perpetuo otoño
Donde los árboles lloran sus retoños
Y los esfuerzos por hacer reír son vanos.
Cerca, un viejo, inmóvil, junto a las piedras.
Nadie puede esculpir sus grises labios,
Ni alegrar el agrio ceño de este sabio
Que en cada arruga embolsa memorias negras.
Al verlo, este engancha su pierna izquierda,
Aquel se acuesta y se para como flecha,
Equis brinca sobre la pata derecha,
Zeta, al roncar el tambor, juega con la cuerda.
Todo inútil. Hace mucho está perdido.
Su mirada, fija en el firmamento.
Nada lo distrae, el mármol sigue atento,
Ni siquiera si inmuta con el ruido.
Los años han deslavado sus mejillas,
En la frente erosionaron las lisuras,
Se han cicatrizado las comisuras,
Los pómulos se cierran como sombrillas.
Tambaleándose en sus largas piernas flacas,
Se despiden de aquel austero monje,
Con sus ridiculos trajes de lisonjes
Y la metálica voz del traca traca.
Etiquetas: RIMA
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