¡FUEGO, FUEGO!
Por motivos que no incumben al curioso lector, había terminado aseando los baños de aquel viejo teatro, donde cada noche renacía el espíritu de Shakespeare, y volvía a morir en manos de mediocres actores. Dejando de lado la soberana superchería de la dignidad del trabajo, puedo contarles que era una completa humillación, sin embargo presentaba la enmienda de poder observar las ridiculeces que se presentaban cada noche, después de finalizar mi suplicio.
Un día anunciaron la presencia del gran “Hipnos”, bellaco que prostituyó la idea del mesmerismo y la puso a disposición de la risa. Luego de limpiar las suciedades que la alta sociedad muy amablemente había tirado por do quier, me quité la armadura y me senté en un rinconcito de la parte trasera del teatro, para ver con qué salía el bribón. El espectáculo era una grosería para el hombre lúcido. El belitre de “Hipnos” (que en realidad era un barbitúrico), salió vestido con todo el misticismo que semejante patraña requería. Los monigotes sentados en sillas y dispuestos como una orquesta lo recibieron, los aplausos elevaron su ego y él muy jactancioso miró sus payasos y les dijo: "A dormir como niños, sólo atenderán a mi voz” y manoseándoles la frente, como si quisiera entecárselas, cayeron uno por uno tal cual el poema de Coleridge.
El show hubiera sido un bostezo eterno de no haber sido por las sonrisas de los actores que fingían obedecer los desordenes del afeminado de capa y sombrero, demostrando no sólo que no estaban dormidos, sino que el hipnotizador tenía tanto poder como un policía desarmado o como una religión sin feligreses. La verdad que era muy hilarante tal función, y mucho más para mí que me encontraba tan cerca. Entonces comencé a reír tímidamente hasta que el administrador, consciente de que mis jas presentaban un peligro para la reputación del “maestro”, decidió mandarme a dar una vuelta por el corredor a ver si todo estaba en orden.
Al cabo de un rato volví histérico gritando: “Fuego, fuego”, y como a la voz de misa, todos, incluyendo los que no podían escuchar mi terrorífica voz, se levantaron de sus asientos, saltaron de la tarima y salieron despavoridos en plena sarracina. Las mujeres de meñique enhiesto promovieron la escarapulla, y en fin todos a una, intentaron salvar su cuero. Unicamente quedamos adentro el gran “Hipnos”, que en conjunción al susto y su molicie se había desmayado, un borracho que me gritaba: “¡Que haga como un miserable perro!” y yo que sabía que el único fuego era el del morbo existente en cada espectador.
Como era de esperar, yo fui ascendido a escritor, el gran “Hipnos” se quedó momentáneamente sin trabajo (después de mi despido ocupo mi lugar) y al cabo de unos meses el teatro se volvió otro cine X a falta de gente decente. Sin embargo, nadie puede negar que yo, un humilde aseador, sin trucos, pude dormir a un individuo y hacer que otros quinientos corrieran como perros y saltaran como gatos con sólo decir dos palabras: “Fuego, fuego”.
Etiquetas: PROSA