INVITACIÓN AL VIAJE
Después de recibir la infausta noticia, decidí automedicarme el célebre remedio; y mientras que el tósigo aplomaba mis funciones, la culpable, dándome el beso de Judas, pensaba: “Imbécil, ahora que fastidies a los gusanos, huiré con mi amante”.
Y yo la amaba tanto, que en la despedida la invité al viaje con mis labios envenenados; pero ella tenía afán, y apresurada, como el reo que se deshace de sus pesadas prisiones, me arrojó en el sofá, y en tanto subía las escaleras que conducían a su libertad, gritaba con pesar fingido: “Voy por las maletas”.
Postrado en el blando sepulcro y con el cuerpo totalmente paralizado, le mascullé a la ingenua pasajera: “Haces bien, ya casi nos vamos”.
Etiquetas: PROSA
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