I'VE GOT THE BLUES
Una tarde de domingo, soturna y suicida, lloraban las cuerdas de la guitarra, al son de los vibratos y el slide de aquel blues, redundancia en mi cabeza y mi único consuelo. Cuando, de súbito, irrumpió un espectro opaco. Se sentó en mi yacija, expolió el desgajado instrumento, y entre lágrimas y abrazos gimoteó su célebre “ Rambling on my mind”.
Embelesado y extático, escuché la fúnebre voz que permutaba la oculta melodía por la mía, la que da vida a los muertos y llanto a los vivos. Pero yo aceptando esa imposibilidad, impacientaba al aparecido. Transformando su negrura en toda clase de espejismos, el virtuoso intentaba agenciarse poco a poco lo único que aún tengo y que no iba a regalar ni compartir: El dolor.
Y una y otra vez, mediante retóricas sospechosas, trataba en vano de extraer mi personal secreto. “¿Sabrías guardar un secreto?” –Le pregunté. “¡Pues yo también!” -Le Respondí mientras que desafinaba el tono y reía con descaro.
Parece ser que no fue de su agrado mi chascarrillo , pues el fantasma comenzó a lanzarme toda clase de improperios y palabras que se pueden encontrar en cualquier mural de barrio marginal, y que prefiero no repetir, y se desvaneció en el espejo, no sin antes prometerme toda clase de desgracias y fracasos. Yo, hábil en los negocios como con las mujeres, desaproveché esta oportunidad.
En efecto, nunca pude aprender otra canción por estar esperando su reaparición en el espejo, sin embargo, aún resuena en mi cabeza el eco de aquel blues, el mío, ese azul bermejo de siete compases, el que me atormenta todas las noches y me susurra tu irrepetible nombre, el del demonio rojo.
Embelesado y extático, escuché la fúnebre voz que permutaba la oculta melodía por la mía, la que da vida a los muertos y llanto a los vivos. Pero yo aceptando esa imposibilidad, impacientaba al aparecido. Transformando su negrura en toda clase de espejismos, el virtuoso intentaba agenciarse poco a poco lo único que aún tengo y que no iba a regalar ni compartir: El dolor.
Y una y otra vez, mediante retóricas sospechosas, trataba en vano de extraer mi personal secreto. “¿Sabrías guardar un secreto?” –Le pregunté. “¡Pues yo también!” -Le Respondí mientras que desafinaba el tono y reía con descaro.
Parece ser que no fue de su agrado mi chascarrillo , pues el fantasma comenzó a lanzarme toda clase de improperios y palabras que se pueden encontrar en cualquier mural de barrio marginal, y que prefiero no repetir, y se desvaneció en el espejo, no sin antes prometerme toda clase de desgracias y fracasos. Yo, hábil en los negocios como con las mujeres, desaproveché esta oportunidad.
En efecto, nunca pude aprender otra canción por estar esperando su reaparición en el espejo, sin embargo, aún resuena en mi cabeza el eco de aquel blues, el mío, ese azul bermejo de siete compases, el que me atormenta todas las noches y me susurra tu irrepetible nombre, el del demonio rojo.
Etiquetas: PROSA
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