LA CHIQUITA DE LOS OJOS DORADOS
Camino a su casa encontré, en alguno de esos verdes que aún sobresalen en esta gris ciudad, construida hasta en los parques, una rosa similar en belleza a ella. Y pensé: “esta criatura se parece a mi niña, la chiquita de ojos dorados”.
Tal cual, repetía enamorado. Suaves pétalos y suaves manos reunidos en aromas campestres. Y de la misma forma en que un pintor obsequia un hermoso retrato, un músico un madrigal y un es escultor un burdo monigote, en calidad de poeta mediocre decidí regalarle aquella flor a semejante mujer.
Pero cuando intenté abrazarla en mis dedos, como si de defenderse se tratara, sus espinas, también bellas, castigaron mi ilusión. Y mientras miraba la minúscula gota de sangre que mis manos lloraban, sonreí y volví a pensar: “esta criatura, realmente se parece a mi niña, la chiquita de ojos dorados”.
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