MUERTE A LA RAZÓN
Las cárceles están abarrotadas, los gritos se escuchan en las celdas y la gente sonríe, sin embargo, el criminal más peligroso permanece aún suelto en la mente de cada individuo. Bajo su disfraz, se ha explicado la sangre derramada, se ha cometido el error de justificar la barbaridad y en la sangre se ha creído limpiar la suciedad.
Un buen día, mientras dormía, un duendecito gracioso entró a mis sueños y me encomendó la misión de asesinar a la razón, y lo que más me gustó de esta propuesta fue que no me explicó por qué debía hacerlo. Entonces me levanté exasperado con el ánimo de destruir a todo aquel que pasara al frente de mi ventana y me diera razones de sus actos. No tuve que esperar mucho, al poco tiempo pasó una multitud apresurada que parecía haber visto a su conciencia. ¿Por qué caminan tan rápido? –pregunté desde mi ventana. Y ellos me dieron una excusa, que bello. Huimos del tiempo que nos acaba –respondieron, y para comprobar que el tiempo efectivamente los iba a acabar, les arrojé mi reloj de pared por la ventana, y al caer este, los lesionó y magulló tanto, que no tuvieron otra opción más que devolverse a sus lugares de origen y disolver la manifestación. El júbilo que sentí fue enorme, y antes de que lo pudiera disfrutar pasó otra muiltitud más grande que la anterior. Esta cáfila parecía perseguir algo con mucho anhelo. De nuevo pregunté y de nuevo respondieron: “vamos en busca del dinero”, y agraciado por esta respuesta les lancé todo mi dinero y mis cosas de valor. Y sin necesidad de que hiciera más, ellos mismos, a punta de golpes y violencia, se mataron entre sí, y se encargaron de terminar por sí mismos la peregrinación. Y otra vez el goce se apoderó de mi alma, y así una y otra vez, tenía objetos para arrojar y formas de terminar las reuniones. Pero después de un largo rato, ví aproximarse a una pareja enamorada que perseguía una mujer y le propinaba golpes, puñaladas tan violentas, que mi curiosidad aumentó. Y les pregunté : “Por qué asesinan a esa infeliz?”. Y ellos respondieron: “¿Acaso importa?”. Y ante tal respuesta lo único que atiné a hacer fue a arrojarles mis pesadas maletas y decirles: “Espérenme, voy con ustedes”.
Un buen día, mientras dormía, un duendecito gracioso entró a mis sueños y me encomendó la misión de asesinar a la razón, y lo que más me gustó de esta propuesta fue que no me explicó por qué debía hacerlo. Entonces me levanté exasperado con el ánimo de destruir a todo aquel que pasara al frente de mi ventana y me diera razones de sus actos. No tuve que esperar mucho, al poco tiempo pasó una multitud apresurada que parecía haber visto a su conciencia. ¿Por qué caminan tan rápido? –pregunté desde mi ventana. Y ellos me dieron una excusa, que bello. Huimos del tiempo que nos acaba –respondieron, y para comprobar que el tiempo efectivamente los iba a acabar, les arrojé mi reloj de pared por la ventana, y al caer este, los lesionó y magulló tanto, que no tuvieron otra opción más que devolverse a sus lugares de origen y disolver la manifestación. El júbilo que sentí fue enorme, y antes de que lo pudiera disfrutar pasó otra muiltitud más grande que la anterior. Esta cáfila parecía perseguir algo con mucho anhelo. De nuevo pregunté y de nuevo respondieron: “vamos en busca del dinero”, y agraciado por esta respuesta les lancé todo mi dinero y mis cosas de valor. Y sin necesidad de que hiciera más, ellos mismos, a punta de golpes y violencia, se mataron entre sí, y se encargaron de terminar por sí mismos la peregrinación. Y otra vez el goce se apoderó de mi alma, y así una y otra vez, tenía objetos para arrojar y formas de terminar las reuniones. Pero después de un largo rato, ví aproximarse a una pareja enamorada que perseguía una mujer y le propinaba golpes, puñaladas tan violentas, que mi curiosidad aumentó. Y les pregunté : “Por qué asesinan a esa infeliz?”. Y ellos respondieron: “¿Acaso importa?”. Y ante tal respuesta lo único que atiné a hacer fue a arrojarles mis pesadas maletas y decirles: “Espérenme, voy con ustedes”.
Etiquetas: PROSA
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